Para mi, todo fue así. El momento, el lance, el tiro, el entorno, la pieza, y su nombre.
Son las 9 de la mañana, llevo 15 minutos en el agua y voy por mi tercera espera. El levante, bendito levante, me sopla en la nuca, a veces pienso que incluso me habla, que me susurra al oido cosas que quiero oir, pienso que me dice "juanjo, este es el momento, ¿ ves esa piedra triangular ?, baja, acóplate y espera ", son cosas del destino, del instinto, quien sabe.
Último sorbo de aire que me sabe a gloria y me achanto en el fondo, no creo que haya más de 5 metros. Lisas me rodean, algo que me encanta pues los robalos suelen venir camuflados entre ellas. Un banco de bogas nada a mi derecha. Quizá no lleve ni 20 segundos cuando, las lisas se dan la vuelta, las bogas, nerviosas, se alejan y por mi izquierda, por el rabillo del ojo, veo algo que se me acerca. Viene tranquilo, hasta me sorprende lo tranquilo que viene. Me mira de reojo, no sabe qué soy, pero yo si lo conozco a él. Su brillo, sus franjas, su cuerpo potente. Sé la fuerza que tienen, quiero hacer un tiro certero, de los que gustan a todos. Me pasa increíblemente cerca, tan cerca que tengo que posicionarme de nuevo para poder apuntarlo. Me ayudo de la mano con la que me agarraba al fondo, porque la creciente tira, el levante empuja, pero más empuja el nautilus que lanza su espina de acero atravesando a tan bonito animal por el sitio justo donde yo quería que pasara. Le parte la espina y temblando, como es típico en ellos, cae al fondo. Subo a superficie con la sensación de haber vivido un momento único, un animal tan majestuoso entrando con parsimonia, dejándome disfrutarlo, sentir el lance, sentir lo más puro de la pesca submarina. La otra sensación, es contradictoria, pues yace en el fondo un trozo de esa mar, un hijo de ella, que brillante da sus últimos parpadeos de vida. He de cobrarlo y acabar con su agonía, como todo animal se merece. La sangre lo inunda todo, un grupo de gaviotas se posicionan encima mía, graznando, quizá enfadas porque algo que no pertenece a ese medio irrumpa en él para arrebatar a uno de sus habitantes.
Lo toco, lo disfruto, me encanta verlo entre mis manos, es un gozo. Colgado en mi cintura, continúo la jornada, un sargo breado y dos borriquetes serán el resto de la pesca.
Para mi, estos son los lances que mantienen encendida la llama de la ilusión por este deporte, un deporte que se te mete en tu interior y que si tu dejas que lo haga, te condicionará de por vida, hará que valores cada gota de agua, cada trozo de alga, cada brisa del mar.
" La Mar lo cura todo "
Sean felices, pronto compartiré el lance con todos vosotros, mientras tanto, os dejo unas secuencias.